REDBIARG

Boluda, ¡YO SABÍA!

septiembre 23, 2020

por Janaconjota

Probablemente me haya gustado alguien en el jardín, pero no lo recuerdo. Sí recuerdo al nene que me gustaba en primer y segundo grado. Y al que me gustaba en tercero, y al otro que me gustaba en cuarto. Con todos ellos me di picos jugando a la botellita. Recuerdo sentirme grande y popular por poder sentarme en esas rondas, casi de prestado. A los 11 me cambié el apellido, a los 12 empecé a hacer tratamientos para adelgazar y a los 13 me cambié de colegio. A los 14 me besé con alguien por primera vez sin botellita de por medio, y a los pocos meses me puse de novia con otro chico, con quién saldría durante 5 años. Con él tuve casi todas mis primeras experiencias sexuales. Fui muy feliz con él, y a veces miro las experiencias de mis amigas y pienso que tuve mucha suerte de tener un vínculo estable y sano, muy compañero. Los últimos años de relación empecé a aburrirme, a sentir que lo quería mucho pero no quería estar con él el resto de mi vida, a sentir que nuestra existencia sería muy plana. Hoy puedo verlo y pensar “nuestra existencia sería muy paki”. Dentro de la relación caí en mi primer pozo depresivo, y con mucho esfuerzo y completamente sola -por vergüenza y miedo a ser una carga, una decepción, oculté todo lo que pude esa depresión y me aislé porque no quería que nadie se enterara- junté toda la fuerza que pude para dejarlo y empezar a enfocarme en mí. Tenía miedo, miedo de que nunca más alguien me fuera a querer, que nunca más alguien sintiera cosas por mí. Y también me daba miedo ser soltera, tomar decisiones, pensarme.

Conseguí un nuevo trabajo y empecé un patrón que repetiría bastante: sentirme lo suficientemente bien como para trabajar, hacer amistades, salir, gustar de gente, subir de peso, empezar a sentir angustia, perder la líbido, las ganas de vivir, sentir dolor, y también no sentir nada. De alguna forma superarlo, o al menos reprimirlo, laburar más, acaso estudiar, gustar de hombres gays. Sí. Por años me gustaron hombres gays. Era un chiste con mis amigas, ¿tal vez una forma de autoboicot, o de protegerme? De gustar de alguien que nunca podría corresponderme. Era amiga de ellos, me sentía aliada. No entendía por qué ciertas historias y ciertas injusticias me dejaban al borde de las lágrimas. Por qué me sentía tan cerca del colectivo. Es que soy muy empática. Es que me pongo en el lugar del otrx. Ay, bebé…¡es que sos bisexual, Jana! ¡Y te sentís irrefrenablemente atraída por lo queer, lo marica, la energía femenina de estos hombres, las dualidades, los espectros, porque es lo que te estás permitiendo sentir por ahora, hasta que te atrevas a enamorarte de una mina y reconocerlo! Pero eso vendría después. 

En 2011 el día internacional del orgullo me encontró en Barcelona, una ciudad gay friendly a más no poder. En ese momento yo no sabía que cada lugar festeja su día del orgullo en fechas distintas, así que le dije a mi abuela que me iba a ir a caminar y recorrí por horas calles que me eran ajenas tratando de alguna forma de cruzarme una comparsa, una avenida cortada, maricas bailando, una bandera, algo. Volví al hotel decepcionada y sin saber muy bien por qué. Ya en noviembre, surfeando una depresión pero de vuelta cursando en la facultad y con laburo nuevo, empecé a sentir cosas por una compañera de cursada. Me costó darme cuenta, fueron dos meses de pensar “ojalá que M venga hoy a la clase” y “espero que se siente cerca” y también “que buena onda esta piba, la voy a agregar a facebook” hasta que un día, en lo que en ese momento sentiría que pasó de la mismísima nada, lo sentí. Pensé “me gusta esta chica” y simultáneamente se me cayeron todos los esquemas y no cambió absolutamente nada. Pensé “ah entonces soy bisexual” y sonreí. No hubo crisis. No tuve que googlear la palabra, ya la conocía. Pero nunca me había permitido ponérmela. Fue correr un velo, abrir una represa, bailar tregua, catala, espera. Me obsesioné con ella, me gustó durante dos años aunque nunca pasó nada más que unos mensajes encontrados, unas borracheras y unos ghosteos. Ella era la excusa, era tangencial. Lo importante era que sabía que me gustaba, y si me gustaba una chica se me abría un mundo nuevo. En esa clase de la facu estábamos preparando un tp y de la nada y casi sin pedirme permiso, como poseída por otra persona con más valor y más autoconocimiento dije “este finde es la marcha del orgullo, yo ya tenía pensado ir, si quieren puedo hacer unas entrevistas en el lugar”. M me miró y yo sentía que estaba pasando. Otra compañera se ofreció a ir conmigo y llevar una cámara. Años más tarde cruzaría a esa compañera en apps y en fiestas. Y diríamos “BOLUDA, ¡YO SABÍA!”. 

Tenía 21 años cuando me descubrí Bi. Y por alguna razón hasta hace un tiempo sentí que había salido del clóset tarde, que había perdido años, que ya estaba vieja. Mirando atrás, era una bebé. Le escribí un poema muy largo, escribí “desde que te quiero uso más vestidos” y años más tarde descubrí que tal vez la destinataria de ese poema no era M. Era yo. El cambio más grande de aceptarme bi fue que me permití enamorarme de mí misma. Quererme, conocerme. Explorarme.  Cuando me reconocí bisexual no sentí que se duplicaba el universo romántico y sexual. Sentí “bueno, ahora vas a ser rechazada por el doble de gente”. Y me reí, porque fue muy liberador. Se lo conté a mis amigas y me abrazaron. A partir de ese entonces me ocupé de que cada persona nueva que entrara en mi vida lo supiera, mientras que de a poco se lo iba comentando a quienes ya me conocían. Al día de hoy no recuerdo cómo ni cuándo le dije a mi mamá que era bisexual. Lo borré por completo de mi mente. Le pregunté a ella si lo recordaba y no, de hecho empezó a contarme un momento de sospechas con mi abuela y se frenó con “ah, no, eso es cuando sospechábamos que tu tío era alcohólico.” Buena comparación, mami. Aún así, mi mamá es mi mayor fan. Lee sobre diversidad sexual, me escucha, me quiere comprar cuanta cosa con arcoiris se le cruce. Lo intenta. Me ama. Cuando familiares hacen comentarios homolesbobifóbicos, los frena. Me defiende. Una vez intenté tener esa charla con mi papá y no pude. Era algo nuevo, vi una mueca en su cara y me abataté. Lo dejé en eufemismos. Aunque me digo que no me interesa caerle bien, a veces se me cae ese relato. 

Tenía una amiga lesbiana que me intimidaba con su seguridad y su conocimiento “del ambiente”, y le preguntaba de las fiestas, que si era mejor ir a la warhol o la eyeliner o la jolie. ¿Qué opinás de usar la palabra paki? Le hacía preguntas porque quería aprender y también sentía que la tenía que impresionar, hacer la tarea. Justificar mi existencia, recuperar el tiempo perdido. En esa inseguridad empecé a buscar rastros en mi infancia, como migas de pan marica que hubiese dejado para encontrar el camino a casa. En chiste decía que era Lara Croft nadando con un cuchillo entre los dientes, camino a una excavación arqueológica, buscando algún tesoro invaluable. Entonces así repensé a mi obsesión con Cher y cuando pedí su cd doble para el día de las niñeces, o ver películas con Janeane Garofalo una y otra vez, sabiendo que algo de ella me llamaba la atención pero sin entender bien qué (y aún así sintiendo vergüenza, obsesionada con que nadie sepa que quería quedarme en ese canal). Tal vez eso explicaba por qué Di Caprio no solo no me atraía sino que me daba bronca su existencia y que a todas mis amigas les gustara. Esa vez que con una amiga nos duchamos juntas mirándonos y usando excusas baratas. La facilidad con la que nos besábamos con las compañeras de secundaria como si fuera un juego, algo que no contaba. 

Porque seguía deprimida y porque no sabía encarar, pasarían unos años hasta tener un encuentro sexual con una mujer. Y admito con cierta culpa que me sentía una bisexual rebajada con agua por no haber pasado ese momento. Bisexual en teoría pero no en la práctica. Bisexual light. Bisexual de tumblr. Recuerdo lo que anhelaba ese momento y lo bien que la pasé, recuerdo sentirme fuera de mi cuerpo, ver el reflejo de nuestros cuerpos en su ventana y pensar “qué hermosos nuestros cuerpos juntos”. Ella era lesbiana y yo le dije que era bisexual. Siempre me encargué de contarlo rápido, como una curita sacada de un tirón; si me iban a decepcionar con una respuesta bifóbica, que lo hicieran rápido, antes de llegar a engancharme. Pero lo que no le dije fue que nunca había estado con una mina, porque no quería que me creyera menos. ¿Menos…qué? Una vez hablando con un compañero del call center que era puto y disfrutaba dibujar y escribir le dije “me gustaría escribir un poemario, juntar poemas que tengo en inglés y en español, que sea un libro de mi identidad bisexual bilingüe”. Me miró medio mal y me dijo “qué binario”. Ya una vez jugando al cadáver exquisito entre llamadas él había escrito “pan es mucho mejor”. No sé qué es de su vida hoy, si sigue identificándose gay o es pansexual. Pero aunque no le dije nada, recuerdo sentirme ofendida, pensar ¿por qué una persona monosexual quiere decirme qué etiqueta es mejor, o más progre, o más abarcativa? ¿qué sabe este chabón de mi vida y mi historia? 

En ese momento no tenía las herramientas para explicarle la dimensión histórica y política de elegir nombrarme Bisexual. Incluso con mi constante miedo al rechazo y a no ser suficiente, nunca sentí culpa por ser bi, nunca creí que estaba confundida, o que me daba miedo admitir que era lesbiana, o que estaba pasando una fase. Cuando me nombré bisexual me sentí inmediatamente cómoda porque supe con certeza y profundamente que era cierto. Ser bisexual para mí siempre fue un orgullo. Las pocas veces que me tomé un momento para decir “che, ¿será que sos lesbiana?” el mismísimo planteo me incomodaba me resultaba ajeno, porque yo ya sabía que no, y sabía también que me lo preguntaba más para acallar a les demás, a aquellas amistades que me lo preguntaban porque no lograban concebir que me sintiera cómoda en la fluidez, en el espectro. Esa pregunta era suya, no mía.Es muy cansador tener ese tipo de charlas, en particular cuando son con gente perteneciente a la comunidad LGBTIQ+. Porque en general estoy con la guardia baja, soy parte, estoy relajada y de golpe la bifobia me descoloca. En la marcha del año pasado estaba hablándome con un pibe por primera vez en bastante tiempo. Me pareció lindo y me gustaba que en sus fotos de OkCupid se veía sumamente marica, lleno de glitter y practicando shibari. Cuando un amigo me preguntó en qué andaba y le dije que estaba hablando con S, le cambió la cara y me dijo “¿no estarás pensando cambiarte de bando?”. Le conté que el plan era estrenar mi strap-on con este pibe y ahí sonrió. Y si en lugar de que S fuese un hombre bisexual y abierto al pegging, hubiera sido un Tincho de turno…¿qué? ¿Me hacía eso menos o más bisexual? ¿Cuál es el bando? No soy paki, ni saliendo con hombres, ni mujeres, sean cis o trans, ni con personas nb, ni soltera, ni abrumada por la vida. Soy bisexual 100% del tiempo. Cuando me enamoro, cuando cojo, cuando lloro porque me dejan, cuando planeo una cita, cuando me masturbo, cuando bailo sola en mi habitación, cuando tomo mate en el balcón, cuando extraño a mi familia que no veo desde febrero. Siempre soy bisexual. Y lo grito, y lo tuiteo, porque elijo todos los días ser visible, por mí y por quienes todavía no se animan a serlo.