REDBIARG

Descalzarnos de una vez

septiembre 23, 2020

por Suri Esquivel

Voy caminando por la calle, feliz, escuchando la canción que acepté como himno a la bisexualidad. Camino mientras canto mentalmente, sintiendo en la piel una brisita de verano que me pone de buen humor. La paz me la interrumpe el eco de algo que me dijeron hace muchísimo tiempo: “podés contar conmigo para lo que sea. Tal vez me desencante o me decepcione, pero nunca te voy a dejar de querer”. Te agradezco tus palabras, pero dejame decirte que, si cuento con vos siempre y cuando no te decepcione, no cuento con vos. Ese amor condicional solo te da acceso a una ilusión que sostengo para no mostrarte nada que te saque de eje o entre en conflicto con tus prejuicios conservadores, como una Cenicienta de la diversidad que se aferra a sus zapatos mágicos; ese amor condicional te expulsa de mi vida, la real. Y por eso voy a morir un poco por dentro cuando me preguntes cómo estoy o en qué ando y no te pueda responder más que generalidades abstractas, porque no te puedo decir que me estoy replanteando todo: si me gustan sólo los varones o también las chicas y les chiques y demás; o si esa amiga de la que no me quiero despegar en realidad me gusta. 

Pero claro, no te quiero desencantar, así que hablaremos del clima, del perro, de lo caro que está todo, aunque seas de la generación del flower power y la libertad sexual. Debe ser que con el paso del tiempo la revolución de colores que llevaban en las venas se fue diluyendo hasta llegar a lo que es hoy. Como cuando mezclás muchos gustos de helado de diferentes colores y lo que te queda es un menjunje sospechoso y marrón. Sólo que, en este caso, la sustancia marrón con gusto a crema de nada es una generación adulta en su mayoría bifóbica (si siquiera sabe que la bisexualidad existe) que tiene con sus hijes una relación tranquila, pero superficial. Al menos, en mi experiencia y la de muches otres, forzándonos a nosotres mismes a mantener distancias prudenciales de ciertos temas y nunca terminar de salir del clóset por miedo a las reacciones de nuestras familias progre-conservadoras. 

A veces me pregunto, ¿a qué le tenemos miedo en realidad? ¿A existir como se nos canta? ¿A encontrarnos, a estar unides, con quienes de verdad nos entienden? Cada espacio en el que nos achicamos para no “incomodar” lo cedemos en sangre y salud mental. Pagamos nosotres las consecuencias de sus limitaciones. ¿Para qué? Si hoy tengo novia, mañana tengo una cita con un chico y pasado me voy de viaje con une chique, ¿en qué les afecta? A fin de cuentas, en la trinchera siempre estamos nosotres, que logramos, a pesar de la in(bi)sibilización, descubrir que existe esta identidad que nos define, hacer las paces con la bifobia interna, aceptarnos bisexuales ante nosotres mismes y nuestro entorno y plantar bandera en un lugar que nos hace sentir segures y comprendides y nos recuerda que muches otres se sienten igual. 

Por eso, aunque cada experiencia sea diferente y esté en cada une decidir si quiere sentarse a la mesa familiar en toda su bisexualísima gloria, creo que es necesario sacarnos el miedo a decepcionar y desencantar. Hay que descalzarnos y dejar que el hechizo se deshaga, y que de las expectativas se hagan cargo otres. Animarnos a abrazar nuestra identidad y entender que, aunque nuestro deseo ofenda a ciertas personas retrógradas, es nuestro y de nadie más y que, pase lo que pase, nos tenemos a nosotres mismes. Lo mejor que podemos hacer es intentar vivir de la forma más auténtica posible, respetando lo que sentimos para honrar quienes somos. Nuestra identidad no tiene por qué cumplir las expectativas de nadie: dejemos de pintar de marrón el rosa, el violeta y el azul que llevamos en las venas.