REDBIARG

El día que aprendí a leer(me)

septiembre 23, 2020

por Ámbar Violeta

Nadie se olvida del día que salió del closet. Eso significa cosas distintas para todxs, sobre todo para aquellas personas con las que salir implica un momento de tensión, de angustia, de temor por la reacción de la otra persona. Mi salida no fue hace mucho. Y fue conmigo.

La primera vez que vi a dos mujeres besarse y registré que eso era algo que debía ocultarse fue a los ocho años. Estábamos viendo la película Las horas con mi mamá y mi papá, y en una escena en la que Meryl Streep besa a Allison Janney mi mamá, que estaba al lado mío en el sillón, se sentó para taparme la televisión. Pusieron pausa, adelantaron el casette y volvimos a acodarnos a ver la película. Mientras adelantaban yo, que no entendía bien cuál era el quilombo, escuché que mi mamá decía “apurate, dale” y mi viejo contestaba “y qué iba a saber yo que iba a aparecer esto”.

Cuando tenía seis años me gustaba una compañera de la escuela, una de mis mejores amigas. Yo no lo veía así en ese momento, claro, pero me acuerdo con claridad de sentir no solo una fascinación y amor por ella: me acuerdo de que me parecía hermosa. Me acuerdo de que me pasaban cosas con ella, tengo presente la cantidad ingente de cartas que le escribía, de regalos que le hacía, que nos hacíamos, porque era una amistad hermosa y correspondida. También recuerdo vívidamente la primera vez que pensé, cuando registré lo que me pasaba en el cuerpo, una sentencia que me quedó grabada en la cabeza hasta los veinticinco: “menos mal que no soy lesbiana”.

Mi problema con reconocer que me gustaban las chicas siempre, siempre, siempre fue ese: que a mí me gustaban los varones. Que me había enamorado de varones, que no podía no mirarlos. Que me gustaban un montón, y que mis amigas, más o menos claramente, me parecían hermosas y me generaban un amor muy grande, y que había otras chicas que me desviaban la mirada, pero que como a mí me gustaban los varones el amor que podía tener por ellas no podía ser nada más que eso: o amistad fuerte, o admiración y envidia. El deseo era cordialidad o competitividad, y nunca podía ser eso: deseo. 

Como a muchas otras mujeres, la bisexualidad no se me manifestaba solamente en un cariño extraño por una amiga o en el parámetro de lo que yo no era. Hay un relato que nos hacemos quienes logramos tapar, a fuerza de miedo y negación, nuestro propio deseo: el que insiste en que nosotras lesbianas no somos. Porque nos gustan los varones, porque ser lesbiana es muy difícil, porque entendemos que implica entrar en un mundo de marginalidad y dolor y expulsión. No somos lesbianas, nos repetimos, y entonces santo remedio: todo lo que podría amenazar nuestra heterosexualidad queda relegado a la curiosidad, al morbo, a las preguntas a las que no damos lugar. Y ahí entra la serie de imágenes que algunas pibitas de los noventa no podemos dejar de registrar: Thirteen, de la serie House MD, cogiendo con una piba; más atrás, el video de “Me against the Music” y el beso en vivo entre Britney y Madonna; más atrás, la pareja de Eugenia Tobal y Carolina Peleritti en 099 Central por solo nombrar algunas sin orden ni sistema. Imágenes que a muchas se nos grabaron en la retina y nos hicieron sentir cosas a las que no les habíamos podido poner nombre y no pudimos hasta mucho tiempo después, imágenes que nos metimos en el bolsillo de los momentos solitarios, y que veíamos, a veces, con una fruición llena de vergüenza. 

El feminismo enfurecido de 2016-2017, al menos en ese aspecto, tampoco me ayudó demasiado. La ola de bronca, de denuncias, de ira destructiva contra los varones a los que los escraches estaban exponiendo en su versión más cruenta tampoco ayudaba. La vida es corta hacete torta, gritaban mis compañeras, algunas de las cuales señalaban lo demodé que resultaba vincularse con chabones. Yo estaba de novia, muy enamorada de un chico, y ese discurso reforzaba la cantinela de los ocho años: “vos no sos lesbiana”. Y me metí en otro bolsillo todas las preguntas que me aparecieron cuando vi La vie d’Adele, cuando vi escenas de Glee, cuando vi Orange is the New Black. 

Es una experiencia muy fuerte desandar una veintena de años de historia sólida de heterosexualidad. En mi caso, tan fuerte como las ganas de darle un beso a una piba que tenía enfrente y que acababa de conocer. Fue un palazo en la cara, y después de rumiarlo mucho y morirme del miedo de caer en ese pozo de etiquetas que no me hacían sentir parte, terminé cayendo en twitter. Y me atrapó un hilo donde discutían Vero y Ceci, un hilo donde se preguntaban cómo hace una piba a la que siempre le habían gustado los chabones para saber que era bisexual si nunca nadie le dijo que también le podían gustar las chicas.

Los momentos donde se te da vuelta la vida no son cinematográficos. No hay una cámara dándote vueltas alrededor, primeros planos de tus ojos, ni flashbacks mostrando cómo todo tiene sentido. Acá era yo en una biblioteca llena de gente, con un montón de ruido alrededor, sentada escuchando el último disco de una de mis bandas preferidas, leyendo twitter, y viendo parte de mi historia flotando en las palabras de alguien que no me conocía. Y eso sí fue como en las películas: de la impresión, se me hizo un silencio, quedé como hipoacúsica, como embotada, mirando la pantalla, quieta. Tratando de no perder el equilibrio y dándome cuenta de que en realidad me habían desaparecido de encima veinte años de invisibilidad.

Un año después, hace dos días, hice una columna en la radio, un espacio semanal que me regala una radio comunitaria de mi ciudad. La hice sobre visibilidad bisexual en la cultura y claro, mencioné a Virginia Woolf, una de las protagonistas de Las horas, la película con la que empezó esta nota. Al aire, me nombré bisexual. Mi familia a veces escucha mi columna en la radio, a veces no: al día de hoy no sé si estaban escuchando. La realidad es que yo no tuve una conversación seria en tono “mamá, papá, les tengo que decir algo” con mi familia. Apenas lo saben tres personas de mi círculo familiar directo. Pero a pesar del primer pánico, y del recurso de la copa de vino para calmar la ansiedad de la llamada telefónica que podía venir, a los pocos minutos de cortar el zoom y haberme nombrado públicamente como bisexual me di cuenta de que no me importaba. De que podían enterarse. De que no era algo que valiera la pena ocultar. De que no tenía sentido levantarse del sillón para tapar, pronto y mal, a una mujer bisexual contando como al pasar un aspecto más de su vida. Como mis viejxs esa noche de 2002, yo tampoco sabía lo que iba a aparecer, salió y se vio. Y en un reverso exacto, desaprendí que hubiera algo raro en eso. 

La militancia hace eso. Releer la propia historia hace eso. Desaprender la invisibilidad hace eso. Ocupar espacios, como una red que nos agarre cuando estamos a punto de caernos al silencio y a la invisibilidad, hace eso. Nosotrxs, visibles, hicimos eso.