REDBIARG

Gustar de otra nena: infancias inbisibles

septiembre 23, 2020

por Verónica Rossi Morelli

Hace unos días, se me vino a la mente un recuerdo. Tenía seis años y estaba en la escuela de música a la que iba a asistir los siguientes cinco años. En el curso éramos todas nenas; no muchas, apenas un puñado. Las recuerdo más como un todo que como individuos, no tengo memoria de sus nombres ni sus rostros. Salvo uno: la nena de la sonrisa amplia y la tez oliva. La de los bucles color miel y los ojos café enormes y redondos y siempre brillantes. La que, a mis ojos, hacía todo perfecto. No pensaba en Agustina hace décadas, sin exagerar. Pero me doy cuenta, ahora, de que cada vez que pensé en la escuela se me vino a la mente su imagen, en cada rincón de ese piso del Bernasconi en el que nos enseñaban a solfear a contraturno está ella, eternamente ofreciéndome la mano. Es una de esas cosas que son tan obvias que no las ves hasta que las ves de lejos. Era tan simple. Adonde fuera Agus, yo iba. Me gustaba pasar tiempo y compartir cosas con ella. Así terminé tomando la pésima decisión de anotarme en chelo, porque Agus hacía chelo (instrumento que en sus manos era una caricia al oído y en las mías parecía un gato ronco siendo torturado). Después se cambió a oboe; esta vez fue ella la que propuso que me anote, así estábamos juntas, y fue como un estallido de purpurina dentro del pecho. Y así, todos estos años después y mirando el clóset desde afuera, me cae la ficha de que Agus fue la primera nena que me gustó. Nunca lo había pensado. Era tan simple.

Siempre mirar al pasado, y especialmente a nuestras infancias, abre la puerta al registro de situaciones que los ojos infantiles no veían. Y esto es doblemente real para las personas LGBTIQ. Recordamos los primeros indicios de una identidad sexual en formación y en disidencia con la norma; los primeros objetos de deseo, ahí, esperando a ser descubiertos, despojados del velo de amistosidad con el que tapábamos ese incipiente devenir queer de nuestros corazoncitos desviados. Las infancias bisexuales no son la excepción, sin embargo, rara vez hablamos de ellas. Leo a amigas lesbianas hablando de sus infancias y muchas resaltan que no querían ser lesbianas porque ser lesbiana era malo. Y yo un poco me río de envidia, porque pienso que por lo menos sabían qué era lo que sentían. Tenían una referencia en el mundo que daba sentido a su deseo, para bien o para mal. Yo no. Más bien, al contrario, sabía que había lesbianas y sabía que no era una de ellas. A mí sí me gustaban los nenes. Y sí, claro, cada dos por tres aparecía otra nena que me flasheaba y que se volvía central en mi existencia, una nena a la que quería impresionar, que quería que me considerara tan interesante como yo a ella. Pero no podían gustarme las nenas, porque me gustaban los nenes. No había, en el universo de sentidos disponibles para mí en ese momento, nada más que vacío entre una y otra. Mi deseo no tenía nombre ni lugar y, aún así, ese deseo  existía, ahí, tapado por racionalizaciones infantiles y mandatos, disimulado en amistades íntimas y apasionadas, en celos inexplicables y fascinaciones incómodas. Nunca se fue, ni tampoco mutó, sencillamente… era; estaba ahí, en el centro de mi ser, plantado y cierto, indefinible pero no por eso indefinido.

Quizás por eso, cuando, diez años después, Marian pasó caminando frente a mí por los pasillos del colegio y se llevó consigo mi mirada y cualquier intención de resistirme a lo que, ahora sí, podía definir como indiscutible atracción, me resultó natural. En el momento no me nombraba bisexual: ahora sí sabía que existían, pero lo que se decía era que les bisexuales eran esa gente que “se cogía a todo lo que tuviera patas” y yo, la verdad, era una bolita de ansiedad social con cero experiencia sexual y no me encontraba ni por asomo en esa descripción (tiempos pre-ESI, muchachada, sepan comprender). Tampoco estaba del todo segura de qué -quién- era. Pensaba, ingenuamente, que era la primera vez que me gustaba una chica y eso no era suficiente para adjudicarme una identidad queer. Pensaba que quizás le daba un beso y no me gustaba. Pensaba mucho en darle besos y me calentaba pensarlo, pero, ey, no era suficiente para hablar de bisexualidad, no lo había probado. Quizás era una excepción. Quizás era meramente cuestión de hormonas y adolescencia. Resolví, como tantes otres bisexuales, que yo no necesitaba una etiqueta. “Me gustan las personas” dije cuando me preguntaron si era lesbiana. “Me enamoro de la gente” dije cuando me preguntaron si era heteroflexible. “No me gustan las etiquetas” afirmé, convencida, cuando me preguntaron qué era entonces. Mentí. No podía decirles que no sabía cómo nombrarme porque, a juzgar por la evidencia (o, más bien, la falta de ella), la gente como yo no existía. No estaban en los especiales sobre la comunidad que salían en la tele ni en los programas de chimentos; existían únicamente en el imaginario colectivo como parte del porno o como lesbianas y gays en negación. Sabía, en lo más profundo de mí, que no era lesbiana y que tampoco era heterosexual. No había espacio entre esas dos y, sin embargo, ahí estaba yo, habitando ese intersticio inexplicable, sola.

No es fácil la infancia queer. Y, en el caso de las infancias bisexuales, están atravesadas no sólo por la homofobia, como las de cualquier otra persona de la comunidad, sino que tienen también la carga de la invisibilización de la bisexualidad. Las nenas que gustaban de nenes y de nenas no existían en el mundo adulto (mucho menos lxs nenxs). El mundo se dividía en binomios, en todos los aspectos, y en un mundo en el que todo se divide en dos no hay lugar para los espectros; no hay lugar para nosotres. Crecimos atrapades en un binarismo que jamás nos pudo contener, pedazos de nosotres escapándose por rendijas como miradas furtivas en el vestuario, nuestras identidades aplastadas bajo el peso de una norma monosexual que aún hoy sigue vigente; aislades y presas de una incertidumbre irreconciliable, intentando encontrarle sentido a sentimientos que no podían coexistir y aún así existían y hacían nido en una misma persona. Me pregunto cuán distinto hubiera sido todo si nos hubieran dado lugar, si hubiéramos podido reconocernos en alguna narrativa, en algún personaje, en alguna historia familiar. Me pregunto si Agustina hubiera aceptado ser mi novia.