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Una mamushka de clósets

septiembre 23, 2020

por Gabriela Krause

No es cosa nueva hablar de la importancia de nombrar las cosas para darles entidad, para hacerlas realidad, y en este constante competir por la opresión, a veces -y digo a veces porque no quiero ser tajante, pero casi siempre- la invisibilización viene de un lado y del otro: de la norma y de los márgenes, del status quo y de la llamada disidencia

Una mamushka de clósets

Si hacen el ejercicio de ponerse en los cuerpos deseantes que no desean como ustedes, tal vez no sea tan difícil entender esta situación. Es un ejercicio que recomiendo hacer seguido: dar vuelta las situaciones, cambiar el sujeto y entender de otra manera lo que a simple vista no podemos captar. 

Imaginen, entonces, que un día descubren que no son heterosexuales -lo que considero un primer paso necesario- y lo dicen. Salen del clóset, sí, pero acá se abre una especie de elige tu propia aventura: si resulta que son homosexuales, felicitaciones, han llegado a una identidad definitiva. Ah, pero si resultan bisexuales, esta resulta ser la primera salida del clóset, pero ni por lejos la última. 

Ser bisexual es tener que reconfirmar una y otra vez esa identidad. Me pongo como ejemplo, yo, mujer cis, consciente de no ser heterosexual, sin demasiada experiencia con mujeres, más que encuentros aislados, tengo la certeza absoluta de no ser heterosexual, lo juro y lo perjuro, pero llevo un problema a cuestas: hace siete años soy pareja de un varón cis. 

Estoy segura de que, si algún día decido tener una relación con una mujer, o me separo y me nombro bisexual en altavoz, no sólo me van a cuestionar. Van a afirmar algo que me aterra: van a decir que asumí -o confesé, terrorífico- ser lesbiana. 

No estamos confundidxs

Y, bien. No. No sería de lesbiana salir con una mujer, como no me vuelve heterosexual estar en pareja hace siete años con un hombre. Pero imaginen un universo en que constantemente les griten en la cara que su identidad es una confusión. Y también, ya que estamos, imaginen un universo en que, de un lado y del otro de la norma, su identidad resulta ser vista como un blanco y un negro, como si el gris no existiera. A la mierda con eso: el gris sí existe. No es binario ser bisexual, ahora se preocupan por las palabras pero a nadie le importa que todas las demás identidades estén planteadas desde una visión cis-sexista. ¿No les hace ruido que de los dos lados de la grieta sea posible afirmar que hay una elección, pero que a quien decide pararse en el medio de ambas, no tomando un poco de las dos sino siendo un territorio diferente, le digan que es una confusión? ¿A qué se parece, en última instancia, y en primera también, este apuntar con el dedo a lo que es diferente? A la heteronorma, por supuesto, pero ¿y la mononorma?

La única poli buena es la poli-elección 

Defendemos la libertad desde una trinchera pero cuando algunxs decidimos no casarnos con nada, no lanzarnos a la mono-elección necesariamente, nos lapidan. Y, viniendo de la paki-norma, no sería doloroso. Pero viene, también -y a veces en mayor medida, digámoslo- del mismo colectivo LGbT+ que, literal, tiene la B de adorno. Un colectivo que, dicho sea de paso, entiende esta necesidad de nombrarse para existir más que nadie, porque vive en carne propia la opresión, la marginación y la invisibilización. Y, por favor: por supuesto que hablando de colectivo a) generalizó y b) hablo de organismos oficiales. Digo: «not all homosexuals», pero también me atrevo a decir: sí la mayoría. Y no hablo de Twitter, ese caldo de cultivo del virus del silenciamiento, no, hablo del status quo, del que hace que los medios asuman homosexuales a Freddie Mercury, bisexual, o a Karina Jelinek, también bisexual, y a una larguísima lista de la que -como yo, eh- se sorprenderían. También abonan a esto otras nociones, por ejemplo, el otro día leí una nota sobre Booksmart (2019) que habla de una mujer lesbiana y dice «sólo en los papeles». ¿No es esto lo que nos empuja al silencio? Pienso ¿no es esto, este pedirnos comprobaciones empíricas a personas que nos sabemos bisexuales pero que no transitamos la bisexualidad? Digo: desde los feminismos, pedimos que dejen de sexualizarnos, pero sin sexo de por medio, anulamos identidades. ¿A alguien de ustedes le pidieron, antes de tener sexo por primera vez, que acredite su heterosexualidad? 

Pienso que, tal vez, mi identidad, mis vivencias, me llevan un poco a no casarme con nada: soy Argentina e israelí como soy porteña y conurbana, y todo este entendimiento, desde pequeña, de una no-necesidad de polarizar, me llevó a, en algún momento, darme cuenta de que las etiquetas tajantes no van demasiado conmigo. Así y todo, también noto que, con todas las ventajas de los feminismos y de una coyuntura en la que se habla mucho más de todo y se comienza a abolir la normalidad, también se juega muchísimo de auto-censurar, de auto-discriminar. Y no desde una visión del tipo «ahora no se puede decir nada y tenemos que evitar hacer chistes sobre mujeres muertas o violadas» -que, de última: joya-, sino de un tipo más perverso, más contraproducente: después de toda una vida de entender lo necesario de hablar, muchxs bisexuales nos encontramos en un momento crítico: si no acreditamos experiencia, no podemos afirmarnos en nuestra identidad. «A la mierda con eso», pienso, pero paso otro día en que el mundo que me rodea me cree heterosexual. Contra todo pronóstico, mi identidad solo la conocen lxs desconocidxs de Twitter y mi compañero, un varón cis. Y, contra todo pronóstico -mmm, ¿vos decís?- mi identidad la han anulado, en mayor medida, mujeres por fuera de la norma, que consideran que mi relación con un varón es un privilegio, como si fuera privilegiado no poder mirar a mi viejo y decirle «papá, yo soy esto».